Carta de Natasha Kucic. Croata 08.10.2018

Carta de Natasha Kucic. Croata  08.10.2018

Si, yo todo esto ya lo he vivido… Soy croata. Por todos lados, veo conocidos demonios. Y no me dejan dormir.
Me gustaría tomar un café con todos vosotros, queridos amigos, queridos desconocidos que me mandáis solicitudes de amistad desde hace unos días, queridos habitantes de un país que me acogió tantos años atrás. Me gustaría hacerlo para contaros un cuento. Un cuento dónde no hay héroes, ni hadas madrinas, ni perdices en el menú. Sólo dragones, de los que escupen fuego y se comen a las doncellas sacrificadas en los acantilados de la intolerancia.
Os ofrezco un café mágico. Un café de esos que mi abuela hervía en el fuego tres veces. Luego, como ella, le daré la vuelta a la taza y os leeré los posos. Haré de vieja que ha vivido mil vidas y que cuenta cuentos que suenan a chino. O no. Vosotros veréis. La vieja quiere hablar. Os pido que dejéis de correr para escuchar.
Allí va.
Hubo una vez un país que décadas atrás sufrió una guerra civil espeluznante. La guerra acabó con una dictadura y medio siglo de paz con prohibición tácita de hablar de las heridas.
No, no hablo de España. De Yugoslavia. No tiene nada que ver...
El país se levantó de sus cenizas, se enriqueció. Hubo ilusión. Hubo capital extranjero. Hubo también persecuciones políticas, desapariciones, tortura, pero eso no salía en la prensa porque habría quedado feo. En fin, era un país feliz, un país ideal celebrado por la inteligentsia internacional comunista como el modelo a seguir.
Las cosas se complicaron un poco con la muerte del dictador.
Se optó por una dirección colegial encabezada de manera alterna por los representantes de cada una de las republicas federales de las que se componía el país. A la mano de hierro sucedieron debates, alianzas tácticas y reparto de favores. Todo fue razonablemente bien hasta que llegó la crisis. Los dirigentes seguían llenándose los bolsillos mientras la gente se quedaba sin trabajo y sin esperanza.
Ante el descontento de la población, a un dirigente se le ocurrió un truco de magia. En lugar de ofrecer soluciones, o de reconocer que no tenía ninguna, se saco de la manga un señuelo y ofreció un chivo expiatorio. Si la gente vivía mal era por culpa del otro, de la sanguijuela, del vecino aprovechado de siempre.
Oyéndolo, la gente se puso a llorar. Por fin, alguien les decía lo que siempre en su corazón habían sabido: que no era su culpa, que ellos eran los buenos, y que por serlo se lo merecían todo. Que si lo pasaban mal, la culpa la tenían aquellos quienes, desde siempre, habían estado agazapados, esperando la ocasión de aplastarles como cucarachas. Pero no, ¡ellos no se iban a dejar pisar así como así!… Se desempolvaron mitos medievales, hazañas desmedidas, canciones de gesta truculentas. Lloraban y gritaban y se golpeaban el pecho.
En la república de al lado,
y en la de al lado,
y el la de al lado… el discurso hizo mella. Salvo que se habían intercambiado los papeles de los malos y de los buenos. Y la gente su puso a llorar. Tampoco ellos se iban a dejar pisar como cucarachas…
El miedo corrió como la pólvora, mucho antes de que nadie encendiera la mecha.
Aquellos a los que todo eso les parecía marciano tuvieron que callarse, escoger un bando o hacer las maletas. Les pusieron un nombre, bonito como una guillotina, : “traidores”.
Como todo el mundo estaba aterrorizado por lo que podía pasar, la economía acabó de desplomarse. La inflación se disparó. Se pusieron a imprimir billetes y las carteras se volvieron demasiado pequeñas. Un puñado de perejil llego a costar un fajo de billetes con muchos ceros. Tasa de inflación: 2000%. Dos mil porciento, no se me fue el dedo.
Eso si, mientras los pobres iban al mercado con bolsas de plástico llenas de papel, los que les gobernaban ya tenían sus lingotes a salvo.
Cuando el último intento de reforma económica fracasó, las repúblicas con más posibilidad de salir adelante solas dijeron basta. Organizaron un referéndum de secesión. El gobierno central amenazó. Ni caso.
Llego el primer referéndum. Al mes, primera declaración de independencia unilateral. A la semana, tuvieron tanques en la calle.
Esa primera guerra duró sólo 10 días. Mi sobrino Damian vio la luz en un sótano de hospital con cohetes como música de fondo. Todo fue bien. 3,5 kg. Un parto sin historias. Y así fue como nació Eslovenia.
La segunda república en el disparadero era Croacia y tenía una baraja más complicada: por lo menos 12% de gente de otra nacionalidad que no quería saber nada de secesión y se golpeaba el pecho gritando que nunca jamás nadie iba a convertirles en extranjeros en su propia tierra. “Donde ha caído una gota de sangre serbia es Serbia” decían. Llegaron armas, se montaron milicias, se cortaron carreteras, y antes de que Croacia se declarara independiente de Yugoslavia, la región serbia de Croacia declaró su independencia para unirse a Serbia…
El peligro, todos lo veíamos. Y estribaba en un hecho clave – aquí hay que prestar atención – los que controlaban el gobierno central en Belgrado, capital de Serbia, y las minorías serbias viviendo en las otras repúblicas pero decididas a quedarse en el seno de la confederación pertenecían a la misma nacionalidad y compartían el mismo mito identitario. Es decir: por muy minoritarias que fueran en las otras republicas, iban a poder contar con apoyo formal, e informal, de la capital.
Algunos nos mirábamos: alguien va a parar esa locura. ¿No? Miraba a mi madre, mi madre a mi. La abuela sacudía la cabeza. Esto va a acabar mal. Encima del armario de su habitación tenía 30 kilos de azúcar guardados desde 1970. Por si acaso. Veíamos las noticias a todas horas. En los platós, la gente se gritaba, o guardaba las formas pero decía barbaridades. Y cada vez que encendíamos la tele, salía algo peor. A veces nos daba la risa. Alguien va a para esa locura. ¿No?
A mi, la independencia, me parecía atractiva pero vamos, aquello no tenía buena pinta. Además, había algo que a algunos nos estremecía pensar. En el mejor caso, si Croacia igual se salvaba y el Belgrado dejaba correr ¿qué iba a pasar con la república Bosnia que tenía las tres nacionalidades mucho más igualadas?… Dos de ellas tampoco iban a querer quedarse con los serbios… Y si Belgrado cedía en dos frentes – es decir con Eslovenia y con Croacia, ¿iba a ceder en un tercero? ¿Bosnia podía salvarse? Inimaginable. Al seguir adelante con sus planes, Eslovenia y Croacia condenaron Bosnia. Pero me estoy adelantando.
¿Quién diablos era capaz de engañarse pensando que alguien en el gobierno iba a coger una pluma, un papel y tranquilamente firmar la desaparición de Yugoslavia? Oye, pues… ¡todos!
Bueno, sospechaban que alguna víctima igual iba a haber – algo localizado, una pequeña sangría que serviría de escarmiento. Total, esos gritos, esas caras alucinadas y vociferantes que escupían odio en nombre de la patria por un lado y por otro era cosa de una minoría de chalados. Al final, sin duda, iba a prevalecer el sentido común…
En ese punto, los croatas enfebrecidos ya casi podían saborear la libertad: por fin iban a quitarse de en medio esos bárbaros Y, llenos de alegría, llorando de emoción, siguieron adelante con el referéndum y la declaración de independencia. Hubo banderas, flores, montones de viejos y niños por las calles. Decían que era el día más hermoso de su vida y que lo habían esperado 1000 años. Exagero. Casi 900. Desde el año 1102, concretamente.
Al gobierno central, la fiesta aquella no le hizo ni puta gracia y movilizaron al ejercito. En las zonas a mayoría serbia, se organizó la resistencia con una movilización de los más lanzados, movilización subvencionada por fondos negros nacionales e internacionales, sobre telón de fondo de desmoronamiento de la Unión Soviética. “A por ellos”, decían lo unos. “A por ellos” decían los otros.
Entre el referéndum y la declaración de independencia, el 25 de junio, pasó un mes.
Otro mes más tarde, el 25 de agosto 1991, el ejercito federal intervino contra la autoproclamada Republica de Croacia independiente en una ciudad fronteriza, barroca, próspera y verde en la orilla del Danubio. Se llamaba Vukovar.
Inmediatamente, el ejercito federal se enfrentó a un problema: algunos no querían pelear, otros desertaron, la movilización llevó decenas de miles de serbios a abandonar el país para no verse obligados a pegar tiros a sus antiguos compatriotas. Obligado a escoger un bando, un soldado se suicido. Se padre era serbio, su madre croata. El Ministro de Defensa también era de origen mixto pero optó por defender la legalidad e intentar salvar Yugoslavia aunque fuera a costa de entrar con tanques en Croacia. No duró mucho. Le quitaron de en medio por blando. Rápidamente, el papel de los paramilitares serbios fue creciendo. Reclutas voluntarios, fanáticos, no buscaban restablecer ninguna legalidad federal sino establecer de una vez por toda la Gran Serbia, y para ello, usaban algunas técnicas de terror que ya habían sido ensayadas medio siglo atrás: destrucción, matanzas, mutilaciones, torturas y violaciones sistemáticas. La bandera yugoslava cayó en desuso y fue remplaza por una bonita bandera negra, con calavera y dos tibias cruzados.
En frente, los que escogieron quedarse en el lado croata – incluidos algunos serbios – eran pocos y mal armados. Unos cuantos miles frente a los 36.000 que atacaron la ciudad. La batalla de Vukovar duró 87 días hasta que la ciudad cayó. De ella, no quedó nada. El techo del hospital dónde habían pintado una gran cruz blanca, tenía 800 impactos de mortero. Lo había usado como diana. Muchos de los civiles que se rindieron fueron asesinados y las mujeres… a las mujeres les paso lo de siempre. Todavía no se había implementado la técnica de mantener a la mujer violada viva para que pueda dar a luz a un serbio. Eso fue, más tarde, en Bosnia.
Yo vivía en Madrid, estaba casada con un español. Lo había seguido todo y no entendía nada de nada. ¿Cómo habíamos pasado del verano y las parejas metiéndose mano en los bancos de los parques a la apocalipsis?
Una psiquiatra francesa con la que trabajé en los campos de refugiados me dijo algo que se me quedó grabado a fuego. Toda población tiene un 5% de psicópatas. A esos, la guerra les da alas. Y cuando alzan el vuelo, el resto muere o coge las armas para defenderse. O se vuelve loco.
Al año de la hecatombe de Vukovar, de paso por mi pueblo en la costa croata, escucho hablar a un joven que había estado en el frente. Contaba como se había encontrado con dos tipos, dos croatas, que le sacaban los ojos a un serbio que habían conseguido cazar. Con una cuchara. El chico que lo contaba tenía diecinueve años y aquello le parecía una pasada, desagradable, eso sí, pero se hacía el chulo. Viendo que nos habíamos quedado congelados, contó atrocidades de los contrincantes – algo de un asado a la brasa que me dio ganas de vomitar. Le miraba. Debajo de la sonrisa de veterano, asomaba un rictus vacío. Era mi primo. Murió.
En esos años, envejecí de golpe. Envejecí primero con sólo escuchar las noticias. Envejecí luego viendo a las madres en los campos de refugiados: las de madres de Vukovar, las madres musulmanas de Bosnia. Hombres no quedaban más que viejos. Y en los pequeños jardines de infancia que montábamos en los campos, los niños dibujaban casas con llamas, soldados y tanques, personajes sin cabezas. O no quedaban formas reconocibles: el lápiz rojo sólo dibujaba los rastros de un ataque despiadado contra un papel.
Hoy esos niños tienen treinta años. ¿Qué les cuentan a sus hijos? ¿Qué les contaran a sus nietos?
Con 6 millones de habitantes, Croacia es independiente. Después de diez años de descalabro económico por la destrucción de las infraestructuras y la pérdida del turismo, la transición al capitalismo ha enriquecido a algunos y empobrecido a muchos. Los viejos son nostálgicos de la dictadura y del comunismo. Los ultra-nacionalistas no toleran debate. Los jóvenes más listos se largan del país para probar suerte en otro lado. La crisis afecta igual que a todos los demás países. Las regiones dentro de Croacia se pelean para sacar tajada. Hay trapicheos con los enemigos de antes. Los bosques se queman intencionadamente. La corrupción es lo de siempre.
¿De verdad que hacía falta matar a tantos y morir tantos para llegar a esto?
Gracias por haber aguantado mi cuento hasta aquí y siento que no fuera más amable ni más alentador. Lo dije, no iba a haber más que dragones. Y en los posos de nuestro café, el futuro es un infierno y la violencia es una bicha que arrasa con todo y todos. Siento haberlo contado sin pudor.
Pero si os lo cuento, gente querida, gente maravillosa, es porque no quiero, no quiero, que os pase lo mismo.
Con amor,
Una vieja.

Foto del perfil de Natacha Kucic, La imagen puede contener: una persona, primer plano

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